Prensa en Argentina
Kirchner le gana a la piedra, a la seca y a Wall Street
Por lo bajo, un alto funcionario de una empresa alimenticia se animaba a reflexionar: "Lo que en realidad se desconoce es si el atropello a las AFJP será la última o es sólo la primera de las confiscaciones a la propiedad privada". Esto se agrava cuando sólo basta dar cinco pasos, servirse un canapé de una de las tantas recepciones y agasajos que se organizaron esta semana en Buenos Aires, para encontrarse con una angustia parecida en boca de otro empresario o productor agropecuario. Son como una legión de afiebrados hombres de saco y corbata que se preguntan: "¿Invertir o no invertir?", al mejor estilo del Hamlet de Shakespeare.
El economista Raúl Fuentes Rossi lo viene advirtiendo en sus conferencias, cuando dice: "La magnitud de la crisis dará fundamentos para medidas intervencionistas del Gobierno, con ruptura de principios históricos. Se generará el campo propicio para fuertes distorsiones en los mercados y el Estado estará ausente para defender al sector agropecuario de la crisis internacional, pero seguirá exigiéndole recursos".
Esta incertidumbre explica el particular comportamiento de los empresarios del campo: los preocupan más las decisiones del matrimonio Kirchner que las consecuencias que se puedan sufrir por una de las mayores crisis económicas de la historia.
Se llega al punto de hasta ni festejar una buena noticia como la decisión del gobierno chino de inyectar 600.000 millones de dólares en su economía para fortalecer la demanda interna, lo que provocó una suba en las commodities.
Los productores están a la defensiva y, por lo tanto, se comercializa, se compra, se repara y se contrata lo indispensable. Se sentaron sobre una montaña de granos de 14 millones de toneladas, 10 millones arriba de lo habitual para esta época del año, más por un temor a lo que se les puede venir que por una expectativa cierta de precios.
Invertir en lo estrictamente necesario significa al mismo tiempo invertir bastante poco porque la mayoría de los productores vienen de cuatro años de pertrecharse con la última tecnología.
"La maquinaria agrícola en nuestro país no dejó de cambiarse por obsolescencia de uso, sino que se cambia por obsolescencia tecnológica", agregaba como dato Aldo Torriglia, presidente de John Deere, mientras hacía un alto en los festejos de los 50 años de la compañía en el país.
El productor desactivó el círculo virtuoso de la inversión marginal, que es la que efectúa básicamente en dos circunstancias: ante buenos precios o ante señales claras del mercado y el Gobierno.
El freno en la actividad no se explica desde los números, si bien es cierto que el crédito desapareció por completo.
Sin ser un año extraordinario, como nos veníamos acostumbrando, se tienen los números correspondientes al de un año promedio con insumos que también se están acomodando a la baja.
En definitiva, el campo espera y espera, principalmente, una señal del Gobierno que otorgue confianza, "como para que todo se vuelva a arreglar", según el rock de Moris.
Vale aclarar que esperar no es lo mismo que creer que algo va a suceder. ¿Cuál es la opinión de los productores?
Nada mejor que observar lo que dicen las encuestas. Días atrás se publicó un sondeo realizado por la encuestadora Jefferson Davis por la que el 92% de los productores está poco o nada conforme con la gestión oficial y que contiene un alto escepticismo en cuanto a posibles cambios de rumbo.
Sumemos a esto el trabajo que han realizado las consultoras de Rubén Ordóñez y Kitelab, que será publicada la semana que viene.
La investigación tiene el objetivo de establecer un índice de expectativas del sector agrario. Pero allí se consigna un dato absolutamente inusual. Para los productores, la mayor preocupación no es más el riesgo climático, en el que se incluyen la piedra, la seca, las heladas o las inundaciones. Ni siquiera es la crisis financiera mundial o la falta de crédito.
Para los 308 casos que se midieron en todo el país durante octubre, entre productores chicos, medianos y grandes, el mayor riesgo que tienen sus empresas consiste en las medidas que puede tomar el Gobierno respecto de su actividad. Y al respecto parece haber un total convencimiento. Cerca del 90% de los productores tiene una visión pesimista de la gestión del matrimonio K con el campo.
Por otro lado, cuatro de cada cinco productores tienen una visión negativa sobre la actividad para los próximos doce meses y no tienen pensado invertir en sus explotaciones. En definitiva, pareciera que en muy pocas oportunidades históricas un gobierno necesita tan poco, como dar una señal clara y confiable, como para cambiar drásticamente las expectativas.
Algo imprescindible para los tiempos que se vienen.
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